Historia General PDF Imprimir E-mail

 

 

 

La Carolina es un municipio de 270 km cuadrados, en el corazón de Sierra Morena Oriental, perteneciente a la Comarca Norte de la provincia de Jaén, situado al N y limitando con el Viso del Marqués (provincia de Ciudad Real, Comunidad de Castilla-La Mancha). Está rodeado por los términos municipales de Santa Elena, al NE; Vilches al SE; Carboneros, al S y Baños de la Encina, al O. Nuestra ciudad está enclavada a una altitud de 648 m (cerro “La Cruz”, donde hay un vértice geodésico). Dista 67 km de Jaén y 270 km de Madrid. Por su privilegiada situación y sus buenas comunicaciones, es la puerta natural de Andalucía a través del Parque Natural de Despeñaperros ya que su término está atravesado por la Autovía de Andalucía (N-IV). Otra nueva carrera une La Carolina con Guadix (Granada).

                El término municipal está compuesto por cinco núcleos de población: Las Navas de Tolosa, La Fernandina, La Isabela, El Guindo y, por supuesto, la capital, La Carolina.

La población de La Carolina es de 15.649 habitantes (2008), con una densidad de 77,86 habitantes por km cuadrado.

El término municipal, así como los de sus aledaños, están repletos de vestigios arqueológicos, desde la Prehistoria. Lugares señalados son: La Calera (Paleolítico Medio, Cobre y Bronce), El Minado, El Ochavo, Cortijo de Amelia, etc.). Existen yacimientos de Arte Rupestre Postpaleolíticos, principalmente de Arte Esquemático (Doña Dama, El Puntal, El Guindo, etc.). Así como importantes restos de antiguas explotaciones mineras, principalmente romanas, como Fuente Spis, El Guindo, y otras (ampliar datos en Manuel Gabriel López Payer, Miguel Soria Lerma y Domingo Zorrilla Lumbreras, Internet, Dialnet, etc.).

La célebre Batalla de las Navas de Tolosa, 16 de julio de 1212, se desarrolló cerca de la pedanía del mismo nombre existiendo restos importantes como El Torreón de las Navas y otros (ver María Dolores Rosado Llamas y Manuel Gabriel López Payer, Internet, Dialnet, etc.)

En 1565, el baezano Alonso Sánchez inicia lo que posteriormente sería el Convento de la Peñuela. En 1573 los religiosos toman el hábito carmelita y en 1578, tras un breve abandono del convento, vuelven a una Iglesia nueva (Carlos Sánchez-Batalla Martínez, carolinense, incansable historiador de La Carolina y de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena nos aporta datos valiosos en sus numerosas publicaciones, ver en Internet, Dialnet, etc.). San Juan de la Cruz llega a La Peñuela de paso para tomar posesión del cargo de vicario del Calvario (Beas de Segura, Jaén).

Junto a San Carlos Borromeo se le tiene como Patrono de la actual ciudad, celebrándose su fiesta el día 24 de noviembre. Esta fiesta tuvo mucha importancia años atrás, considerándose una segunda feria.

En esta época (siglo XVI), no existía el actual paso de Despeñaperros, abierto en el siglo XVIII, se utilizaban los Puertos del Muradal y del Rey para comunicar Andalucía con Castilla y La Mancha. Esta zona, despoblada y guarida de bandidos y malhechores, era peligrosa de transitar; por ello, se estudiaron varios proyectos de repoblación pero que no llegaron a fructificar. En el siglo XVIII, el rey Ilustrado Carlos III y sus ministros (Aranda, Campomanes, Jovellanos, etc.), llevaron a la práctica un nuevo proyecto. Contando con la colaboración de Juan Gaspar de Thürriegel, se decidió traer más de 6.000 colonos de Centro Europa. Un estrecho colaborador el rey Carlos III, Pablo de Olavide, sería nombrado responsable del proyecto, con el título de Superintendente de las Nuevas Poblaciones.

El 28 de febrero de 1767 se aprueba el citado plan y el 5 de julio del mismo año se aprueba el Fuero de las Nuevas Poblaciones, toda una serie de normas y leyes que debían de regir a los nuevos pobladores, distintas de las del resto del país.

La improvisación típica de los españoles, las enfermedades que afectaron a los emigrantes centroeuropeos, la incompetencia de otros, el largo trayecto que recorrieron, etc., estuvieron a punto de dar al traste con el proyecto soñado por Carlos III y Olavide.

La Carolina, creada cerca de La Peñuela, fue la capital de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Olavide vivió en ella, en el Palacio adyacente con la iglesia de “La Inmaculada Concepción” y el Convento Carmelita (actualmente inexistente).

Hoy, todavía, es fácil encontrar a carolinenses rubios, altos, con piel y ojos claros, que nos recuerdan a alemanes, austriacos, suizos, etc., igualmente sucede en las demás poblaciones integradas en el Fuero. Los apellidos Auffinger, Eisman, Kobler, Metzveiler, Minch, Mitelbrum,Neff, Payer, Prigman, Scheffle, Scheroff, Smidt, Tecklemayer, Trunser, Yegler, etc., otros más, son clara reliquia de aquellas familias que un día decidieron abandonar sus países, sus costumbres, sus familias, etc. y venir a España con la ilusión y la esperanza de mejorar sus vidas.

No sin grandes dificultades, La Carolina comenzó su andadura, fue creciendo la agricultura, la ganadería y la industria de la seda.

La bella ciudad de La Carolina es el mejor ejemplo del urbanismo de la Ilustración. Se la conoce como Joya Urbanística del Santo Reino. Ésta se diseñó como un campamento romano; es decir, siguiendo dos ejes que se cruzan, uno de N a S, que se llama cardo (calles Jardines y Real) y otro llamado decumano, de E a O (calles Madrid y Olavide) que en la plaza del Ayuntamiento es donde se encuentran, indicando este cruce el centro de la ciudad, según el diseño de Simón Desnaux, supervisado por Olavide. Las avenidas de Las Huertas y Juan Carlos I, son las líneas maestras para la división del terreno. El resultado de su urbanización es una malla ortogonal que la divide en cuadrículas, con calles y avenidas rectas y amplias.

Con el reinado de José I (1808-1814), conocido popularmente como Pepe Botella, rey intruso, impuesto por su hermano Napoleón Bonaparte, La Carolina sufrió considerablemente (como el resto de las Colonias) el peso de las cargas económicas de los franceses. Sin embargo, sin que suponga un beneficio para la población carolinense, La Carolina fue designada como capital del Departamento de Alto Gadalquivir, como consecuencia de la Constitución de Bayona (7 de julio de 1808). Esta división administrativa fue modificada (Decreto de 4 de mayo de 1810). Todo ello implica que el Fuero de las Nuevas Poblaciones, dejara de tener efecto por primera vez desde su promulgación. A la llegada de Fernando VII (1813-1833) se vuelve a poner en vigor el Fuero, que lo estará hasta 1835, donde las Nuevas Poblaciones quedaban integradas en sus correspondientes provincias (ampliar en Guillermo Sena Medina, Internet y Dialnet, etc.).

A mediados del siglo XIX, La Carolina inicia la explotación de su ricos filones de plomo argentífero. Ya existían trabajos mineros anteriores, pero será ahora cuando comience una explotación a gran escala que le llevará, a principios y mediados del siglo XX, a granjearse (junto con Linares) el titulo de: el distrito minero de La Carolina-Linares, el mayor productor de plomo argentífero del mundo. Ello produjo una fuerte inmigración de obreros de provincias próximas que modificó considerablemente la demografía y sociología de nuestra zona y de nuestra localidad.

Nacieron poblaciones nuevas, como El Centenillo y El Guindo. El primero, ligado a empresas inglesas (New Centenillo…, primero; y francesa, posteriormente (Peñarroya). En el caso del Guindo, a capital español y alemán (ver Manuel Gabriel López Payer, Carlos Sánchez-Batalla Martínez).

La crisis del sector minero del plomo y la profundidad de las labores de extracción, entre otras causas, llevaron al cierre de todas las minas a finales de los años 70 de siglo pasado. Ello produjo una crisis laboral importante y forzó la emigración a otras provincias e incluso al extranjero.

Ya, a principios de los años 60 del siglo XX, esa emigración se había iniciado, hasta hacer necesaria la contratación de trabajadores marroquíes y paquistaníes.

Con la llegada de un nuevo Alcalde, Ramón Palacios, a principios de los 60, se inició una mejora de los servicios a los trabajadores mineros (transporte en camiones adaptados para ellos, antes caminaban desde La Carolina a los diversos pozos y viceversa), y lo más importante, el comienzo de la industrialización. Ello frenó la emigración, retornando algunos, e incluso llegaron nuevas familias. La Carolina, comenzaba, con ilusión, su etapa más esplendorosa.

Manuel Gabriel López Payer